En un acto que entrelaza la devoción medieval con la transformación de la fe moderna, la arzobispa Sarah Mullally concluyó este domingo una extenuante peregrinación a pie de 140 kilómetros. El recorrido, que inició el pasado martes en la Catedral de San Pablo en Londres, marca el preludio de su ascenso como la primera mujer en la historia en ocupar el cargo de arzobispa de Canterbury y primada de la Iglesia de Inglaterra.
Inspirada en las travesías del siglo XII, Mullally recorrió el emblemático Camino de Becket, una ruta de hondo significado espiritual vinculada a la figura de Tomás Becket. Al arribar a las puertas de la icónica Catedral de Canterbury, la líder religiosa fue recibida entre vítores por una multitud encabezada por la alcaldesa Keji Moses y el deán del templo, David Monteith.
“Me siento muy aliviada de haber completado el recorrido”, expresó Mullally a su llegada, visiblemente conmovida tras cinco días de caminata que simbolizan no solo un esfuerzo físico, sino el inicio de una nueva era para la comunidad anglicana global.
La entronización oficial, programada para este miércoles, se perfila como uno de los eventos religiosos más trascendentales de la década. Se espera la asistencia de 2,000 invitados, destacando la presencia del príncipe Guillermo, quien acudirá en representación del rey Carlos III.
La relevancia política del acto también queda manifiesta con la confirmación de la asistencia del primer ministro, Keir Starmer, y la líder de la oposición, Kemi Badenoch, subrayando el peso institucional que la figura del arzobispo de Canterbury mantiene en la estructura del Reino Unido.
La asunción de Sarah Mullally representa la ruptura de una barrera de género en uno de los cargos eclesiásticos más influyentes del mundo. Como líder espiritual de millones de anglicanos, su gestión enfrentará el reto de equilibrar las tradiciones centenarias de la institución con las demandas de una sociedad contemporánea en constante cambio.
Este peregrinaje, que combina la herencia histórica con una visión de futuro, reafirma que la Iglesia de Inglaterra atraviesa un proceso de renovación profunda, donde la fe y la transformación social caminan de la mano hacia el altar de Canterbury.
Con información de Milenio
